En la memoria.

Jean-Pascal Dubost

Leyendo a José Emilio Pacheco.

Alguien entra a una librería en Nantes, compra un libro de una elegante colección de bolsillo, luego regresa a su casa en el campo, se sienta en el jardín apenas llega, empieza a leer el libro y no lo suelta hasta su punto final, bebiendo una copa de vino y sintiéndose emocionado. Al día siguiente vuelve a Nantes, a la misma librería, compra otro libro del mismo autor, de la misma colección y, al igual que ayer, regresa a su casa en el campo, igualmente se sienta en el jardín y comienza su nueva lectura. Este libro es más grueso que el otro y recuerdo que no lo leerá de un tirón y que lo terminará a la mañana siguiente, al alba, que es su momento habitual de levantarse, después de haberse bebido dos cafés. Se dirá que en un primer tiempo la emoción lo sobrecoge, una emoción difusa, contradictoria, real, los dos libros narran dos historias que no tienen ningún punto en común, sin embargo algo le cosquillea... que se resume en dos palabras, las palabras “amor” y “muerte” y se concentra en la letra “M” que las une.

Es entonces, en ese momento preciso, que debo intervenir en tanto que narrador de este texto para sugerirle a ese alguien que note que esa letra “M” se vuelve a encontrar omnipresente en la palabra “mamá”, aquella mediante la cual llega la moral: “Todavía tienes el cinismo de alegar que no has hecho nada malo. En cuanto se te baje la fiebre, vas a confesarte y a comulgar para que Dios Nuestro Señor perdone tu pecado” de haber amado a una mujer; o aquella para quien “no podrás quejarte de mí mamá destruiré el mundo a sangre y fuego mamá no podrás quejarte de mí mamá”; mamá, madre de mil monstruos, que nos mata al traernos al mundo...

Nadie es alguien que se ausenta de golpe sobre una banca.

Ahora, la confusión entra también en el ánimo de nuestro narrador, tan perturbado por las dos lecturas de alguien, habiendo debido sufrir él mismo los azotes de la moral por haber amado y “pecado” (y en su caso perdido la virginidad en el camino) con una mujer bastante más vieja que él cuando
1. apenas salía de la adolescencia
2. debía casarse algún día
3. debía casarse virgen
4. estaba todo escrito

Ninguna infancia ni ninguna adolescencia se parecen, ninguna infancia ni ninguna adolescencia son universales, sólo la moral y la necedad lo son (si es que no son lo mismo).  Alguien sabe que no es broma lo que cuenta el narrador, y yo también, que la madre, a quien se llama “mamá”, ha pesado con todo su peso en esa herida siempre abierta (se sabe que toda madre nos inflige una herida para toda la vida).  Pero entonces, el lector le preguntará a alguien, al narrador y a mí que si Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco ha evocado recuerdos crueles, ¿qué pasa entonces con Morirás lejos?

Y el lector tendrá mucha razón de preguntárselo.

Intento de explicación: Morirás lejos recordó vivamente al narrador una lectura que hizo, no la de algún premio Goncourt, sino la de un libro que lo trastornó tanto que no pudo conservarlo en su biblioteca, porque le quemaba el pensamiento, y ¿qué hizo?, lo echó en la papelera, y hoy siente una gran vergüenza, porque considera que ese libro tenía un gran valor literario, y ahora voy a tener que darle al lector el título de ese libro cuyo autor está casi olvidado, así como el libro, ya que cuando el premio Goncourt fue atribuido a Jonathan Littell, nadie, o casi nadie, mencionó su existencia ni hizo la comparación y ni siquiera comentó las semejanzas; el autor, Michel Rachline, de origen judío, firmó una trilogía de la muerte, y este libro, el segundo tomo, con título provocador, La felicidad nazi, apareció en 1975 en la editorial Guy Authier.  Michel Rachline es judío, y describe el horror como narrador nazi, un joven médico que practicaba los experimentos más inhumanos sobre sujetos judíos, acreditando con ello la convicción del narrador de que en cada ser humano dormita un nazi (“o en el caso contrario usted es un nazi que no sabe que es nazi”, escribe Pacheco).

Esto no significa “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”.

No hay perdón posible.

Anamnesis: es el narrador, o es alguien, ya no sé, pero un día, en Tours, trató de prestarle La felicidad nazi a un amigo novelista y convencerlo de leerlo, diciéndole, mientras lo miraba directamente a los ojos: “ya verás si esto no le hace cosquillas al verdugo dentro de ti”.  El amigo, perturbado, incómodo, fumando nervioso su cigarrillo, respondió: “no, no quiero nada con ese libro.”

Y en la memoria, las ruinas dejan lugar a otras ruinas...

Traducción del francés de Mónica Mansour.