Homenaje a Pacheco.

Nafée Faïgou

América Latina siempre me ha parecido una tierra de excesos. Todo allí es desmesurado; aun antes de que decidiera conocerla y mucho menos explorarla ya estoy literalmente agotada.  Sus dictaduras, sus utopías, sus crueldades, su política, su pasión, su naturaleza, sus muertos, su lengua, sus lenguas, sus pasiones, sus pueblos, sus orígenes, su desorden político permanente que sus sismos retoman como eco. Todo me da vértigo. ¿Por dónde empezar a conocerla? ¿Por su literatura que es el espejo de sus múltiples identidades? Respuesta: conocerla con José Emilio Pacheco, quien, a través de su lenguaje “conciso, reservado, prudente, casi lacónico”, como subraya tan acertadamente Jacques Bellefroid, tiene el poder no diría de seducir sino de amansar la intimidación que se puede tener frente a la gigantesca multitud sudamericana.

Al igual que una niña a quien le cuentan cuentos alrededor de una fogata durante las tibias noches de África, después de que el sol se ha ocultado y la noche ha apagado el rojo de los flamboyanes, me sentí transportada por la escritura de Pacheco como lo estuve tantas veces por las historias que entonces me contaban.

Al leer Las batallas en el desierto, hubo en mí ese regreso hacia la infancia y el descuido cuidadoso de las hechiceras, esos seres sobrenaturales y de la magia. Me reconocí en el narrador, Carlos, y en Toru el refugiado, en Jim el supuesto estadunidense y en el árabe y en el judío que se hacían la guerra. Esta multiplicidad de identidades que, sin embargo, se fusiona en una ósmosis que considero mía hoy en día, y esta bastardización de identidades ­­– ¿no somos todos un poco bastardos?– hace de mí un ser único con múltiples memorias y también, paradójicamente, un ser sin memoria ni pasado verdaderos, constantemente en el exilio. Soy otra y soy yo misma. Estoy en mi tierra y también en otra parte. Siento y vivo cotidianamente esa fugacidad de estados contradictorios. Sí, me gustó mucho Las batallas en el desierto.  Durante un momento, me convertí también en la niña de los campos de refugiados en Camerún que jugaba a amcololo(1) y que se hacía abuchear por su flacura y su doble origen de chadiana y beninesa confundidos.  ¡Y “el hombre de la bolsa”!  ¡Ay, también él!  Me reí al recordarlo. Sí, también nosotros tenemos al “hombre de la bolsa”, el que se roba impunemente a los niños para someterlos a la suerte de los mendigos. En cuanto al amor arrebatado por un extranjero... mi primer amor, al igual que Carlos, fue por un gringo. A quien amé y amo todavía, con todo mi cuerpo y toda mi alma y quien definió mi vida de mujer. Leer a Pacheco es “re”descubrir una América Latina perdida en la memoria porque el “re”descubrimiento reposa en acontecimientos vividos semejantes en África o calamidades comunes como la dictadura, la miseria de la multitud, el calor, el remplazo de los valores esenciales de la vida de los pueblos vivos en los trópicos y la pérdida de la cultura propia en beneficio de una cultura imperialista omnipresente, pero también y sobre todo esa sensación de no pertenecer al país natal, la sensación de ser allí un refugiado, un extranjero en su propia casa y vivir sin conocer realmente a su propia familia... Y reconocer realmente en quienes en primera instancia representan al Otro a nuestros verdaderos hermanos y hermanas de espíritu y de corazón. Esta vida o la realidad y el sueño se mezclan, se entremezclan y se desenredan igual que las cortinas de una ventana que flotan al viento: a veces dentro de la casa, a veces afuera.

La escritura de Pacheco para mí es también la historia de una tristeza alegre, de un realismo soñador y de un pasado cuya intemporalidad se aprecia y así se asegura su permanencia.  Es un estado de ausencia que camina en el olvido y en la indiferencia de la arena y del tiempo.  Un estado que ya no es, que va desapareciendo para siempre en el vapor del instante para convertirse en otro estado, otro momento, otra historia.  Es un estado de evanescencia.

Más allá, de regreso a la infancia y a la inocencia rota, también está la lucha despiadada contra lo arbitrario.  La voz única y autoritaria que en su ilusión ficticia se convierte en una realidad opresora y en el único código que se debe respetar. Esta voz única se otorga toda la palabra, es poder y se apropia incluso del silencio del condenado. El sonido de esta voz única es castigo y suplicio a la vez. Asistimos a un infanticidio con resabios de antropofagia.  Desintegración del ser consciente y metódicamente borrado de la historia. El ultraje. El impacto. Y el sobresalto de supervivencia instintiva a la aniquilación. Y el horror tranquilo y virulento que provoca una oleada de rechazo categórico. Un NO casi hermético pero tan terrible que se convierte en ruptura y negación lúcidas, lógicas y claras. El cordón umbilical se corta. En ese rechazo sagrado de la nada y la abominación, no obstante, perdura la memoria, como un efluvio, impulso de amor intenso, apasionado, intransigente, por fragmentos diversos, restos, como zonas, paisajes, lugares y personas. Un poco como la flor que brota en un medio desolado. Un poco como el fulgor de vida en cada muerte que ya vuelve a llamar y a iniciar el ciclo de la vida.

Este amor intenso, físico, y al fin de cuentas doloroso debido a la falta, aflora a lo largo de toda la obra de Pacheco, al igual que el roce tímido –de pasión contenida– de un amante lánguido con su bienamada. Por ello, su obra es una promesa de alegría por venir, de felicidad que compartir, de secretos revelados, es una oda a la vida donde lo terrible y lo inefable se codean tan naturalmente como lo fantástico y lo cotidiano; una promesa de respeto y de apertura al otro, tanto como el encarnizamiento para combatir la ignominia.

Pacheco es un fino esteta, un poeta en el alma que en lo más serio de sus versos sigue usando el arma de lo grotesco para fustigar la opresión con salvas de risa. La tiranía transpira el ridículo; así, se pone al desnudo la locura y la incoherencia humanas, causas de desintegración de la urdimbre social...

Todo esto hace de Pacheco un escritor universal. Universal en el tiempo y en el espacio porque es actual en todas partes, cada vez que es leído.

Su obra, debido a su universalidad, trasciende los mundos y el espacio. Todo parece asumir una actualidad metafísica en que el lector comprende, por los sentidos así como por el instinto de supervivencia, el mensaje metafórico de Pacheco. Ese mensaje es la reapropiación de la historia codificada, normativa por su discurso, con el fin de crear otra historia a escala individual, a escala humana. Este mensaje también es una mirada distinta a los mitos transmitidos en la sociedad, una lectura distinta y, por lo tanto, una aprehensión distinta del significado y del significante. En esta triple articulación aparece el lado subversivo del ejercicio: análisis, deconstrucción y reapropiación del código o del significado.

El análisis: es la demostración de diversos subterfugios utilizados para sentar la impostura de la Historia como memoria universal a la sociedad.
La deconstrucción es el ejercicio de someter a un cuestionamiento sistemático todas las ideas recibidas y heredadas del Código mediante oposiciones binarias, creando así un reinicio perpetuo.
La reapropiación que también definiré como renovación y reinicio, es la nueva escritura y la nueva lectura de todo mito o lenguaje normativo.  Porque aquí el lenguaje es reedificado.  Es un sabotaje sistemático a las verdades preestablecidas.

En lo que se refiere al significante en Pacheco, es portador de esa belleza  antigua del efluvio pasado y ¡ay!, qué intemporal, del romanticismo.  Sus palabras liberan y retienen a la vez; imágenes del pudor y de la pasión arrebatada del primer amor.  Descubrimientos de horizontes extraños y familiares que se responden en correspondencias fugaces de los sentidos y de la psique.

Testigo ávido de su presente, aventurero del pasado, caballero e hidalgo defensor de las buenas causas, José Emilio Pacheco es un microcosmos de mundos diferentes que hacen de él un escritor único al alcance de todas las culturas y todas las generaciones.  Es el poeta de los vientos y de las fortalezas de piedra, el aedo de los ríos y de la infancia olvidada, impugnador de lo arbitrario, mago de la palabra, contador afable de nuestra vida, a la vez hermosa y terrible.


(1) Amcololo: apelación chadiana para el juego en que las niñas imitan a sus madres tomando pequeños utensilios de cocina y muñecos disfrazados de bebés. (N. de la E.)

 

Traducción del francés de Mónica Mansour.