La palabra, arma contra el caos.

Eduardo Milan

1. Valoramos actualmente a la palabra por contradicción: para oponerla, como valor en sí, ante el despiadado establecerse de la mentira. Digo su establecerse, no su avance ni su despliegue que lleva tiempo entre nosotros. En Mínima moralia (1951) Theodor W. Adorno ya denunciaba, entre otras cosas, el avance de la mentira en el intercambio sociocultural y la incapacidad demostrada por los seres humanos para discernir entre mentira y verdad. Ahora buscamos una palabra a la que llamamos “la palabra” que se desprenda de la verdad como un vehículo que debe ser eficaz, que además de valerse por sí misma haga valer lo que se oculta o se somete, se humilla o se pervierte. Una palabra que en su aparente simplicidad recuerde cuando no se mentía en lo abierto y en su complejidad mítica tenga el peso de desmantelar la mentira. No una palabra primordial, dicha por primera vez –aunque la poesía, que la vuelve a buscar, también ayuda en esto-: una palabra que hablemos tanto unos como otros y que entendamos tanto unos como otros, una palabra de reciprocidad irrefutable, ya no la sentencia que cae desde el ámbito del poder institucional y mediático y nos deja atónitos, impotentes y camino a la rebeldía o a la aceptación total, antesala del cinismo. El cinismo no es la aceptación de lo inaceptable: es su comprensión. Es el intento de “razonar sobre ello”, “mirarlo de otra manera”. El lenguaje social está hondamente pervertido. Sacarlo de ahí parece una cuestión de duelo. Desde el momento que se revela que el poder miente el intercambio de mentira como moneda social se vuelve un acto autorizado cuando no la legalización de una clandestinidad de la mentira. Claro que esta perversión no es reciente. Lo que es reciente es la desfachatez institucional en mostrar que sí, sin duda, se pervierte, poner las cartas sobre la mesa, jugar al descubierto. Se trata de legitimar por la evidencia. Pero no se trata de destruir el método racional a golpes de irracionalidad u oscurecimiento. No es un proyecto contra el método ni la posibilidad de su sustitución por alguna alternativa menos vergonzante que la que lleva a manipularlo. Es un jugo de sometimiento, el modo como se despliega hoy en día ante nuestros ojos la superficie abismal de los intercambios, de la mercancía y de los intereses. La capacidad de dar vuelta los hechos –tergiversar lo que se sabe, negar lo que se ve, es también insólita. El caso de Irak sigue sorprendiendo. Huella tras huella se descubre mentira tras mentira como si fueran crímenes que se siguieran a sí mismos. La buena razón cree que el límite de la mentira está por llegar, que la hora, no de la verdad: del reconocimiento de los acontecimientos tal como han sido toque en un momento no lejano. Inútil. La mentira es estratégica. Del mismo modo que hay un público cautivo de la oferta de ciertos productos, o sea del consumo, hay un público cautivo de la mentira, un público que consume mentira.

2. Hablé de la mentira como fuerza opuesta a la palabra para valorar la palabra. La palabra no es inocente. De modo que, a la hora del recuento de los daños de esta época, si es que hay esa hora, será extraordinariamente difícil recompensar el sentido, el rumbo de la significación, la confianza en la palabra, que es, también, la confianza en el otro, no en el otro mitificado e idealizado: en ti, en mí, en todos.

Pero no hablé todavía de la palabra en relación al caos. En principio, no hay problema entre palabra y caos. No hay problema porque la relación posible es sólo una: la palabra actúa sobre el caos. O el caos acaba con todo. La palabra no es una entidad excepcional. La creación humana por antonomasia junto al pensamiento depende del estado de quien la pronuncia. Cuando otorgamos un valor en sí mismo a la palabra estamos hablando de poesía o de ética (volveré sobre esto último). Cuando hablo de caos hablo de caos social, no en un sentido científico, no en el sentido de la física teórica, por ejemplo. Pero hay de caos a caos, no hay un sólo caos que lo toma todo. Hay macrologías y micrologías del caos. La relación social que se establece con y desde las comunidades semimarginadas y marginadas es caótica. Ante un ordenamiento social excluyente se producen situaciones de respuesta caóticas. Son parcelaciones del caos. Pero hay una macrología del caos cuando podemos decir: el mundo atraviesa hoy un momento caótico. Esto es irrefutable. Cuando alguien crea una de las guerras más alevosas de la historia basado en un montaje de agresión que no tiene parangón alguno, como en el caso de George W. Bush en Irak, genera una situación de descontrol (eso es caos: descontrol, desorden) y dice que a partir de ahí “pueden surgir oportunidades”, toca un grado de perversión que mueve a algo muy similar a la ira. Nosotros sabemos que la administración de Bush no es precisamente –o no solamente- una administración de estrategas: es la administración halconera, son aves de rapiña. O sea, para dejar en paz a las aves de verdad, son saqueadores. Al margen de que esa guerra tenga implicaciones geopolíticas profundas en el horizonte inmediato del control de energéticos (dicho sea de paso, no es posible perder de vista la calidad de estas políticas, son políticas de la inmediatez: sabemos por expertos norteamericanos en control energético como Michael T. Klare, entre otros, que los recursos energéticos tal como están planteados en su acción en el sistema capitalista actual no duran más de cincuenta años). De manera que esa “generación de oportunidades” surgida del desorden de Irak señala directamente la posibilidad real de creación de un mercado de inversiones en la reconstrucción de la infraestructura devastada del país árabe. La democracia, esa como madre griega que lo mismo sirve para un lavado que para un fregado, no está en juego aquí. De modo que si alguien cree o no la estrategia de perversión lingüística del gobierno norteamericano eso no es algo que preocupe mucho o poco. Pero esa frase de Bush manifestada ante el Congreso en defensa de la continuidad operativa en Irak me recuerda la célebre sentencia, casi un aforismo, de Mao-Tsé-Tung. Dice más o menos así la traducción de una línea del Libro Rojo: “La Naturaleza está en completo caos. La situación es excelente”. Sabemos el valor otorgado por el pensamiento oriental a la contradicción, a la que no teme, como nosotros. Mao se refiere a la situación que se representa cuando sobrevendrá inevitablemente una transformación. El ideograma que designa la palabra crisis junta dos conceptos-figuras: la del cambio y la del peligro. Suponemos que la situación de caos se produce cuando ya se superó la situación de crisis y cuando la transformación está de algún modo orientada, en otras palabras, que el peligro se mantiene. Ahora bien, ninguna situación caótica puede sostenerse mucho tiempo. De modo que la transformación es inminente o, dicho de otro modo, la transformación está ocurriendo. Algo que advierten los intérpretes occidentales del pensamiento oriental es que para los orientales transformación no es necesariamente sinónimo de mejoría. Cuando hay una situación de crisis hay una transformación inminente. Conducir esa transformación, darle sentido, corresponde al juego de los intereses que siempre están presentes. En nuestro caso, en el mundo de hoy, parecería que la transformación o el punto de transformación se inclina hacia el intento de estabilizar un estado de cosas que saca partido de situaciones de caos para afianzar un orden. La respuesta de este estado de cosas está a la vista: el miedo se apodera de los cultivos de la distorsión. Ninguna guerra ocurre hoy completamente fuera de nuestro territorio, estemos donde estemos situados. El fenómeno global, económicamente real, es también mediáticamente real. Su consensualización se logra por imposición en todos los niveles. Pero los media son fundamentales en este juego. Lo que importa es que la situación de inestabilidad y de impotencia son intersociales, interfamiliares, intersubjetivas. Una redefinición del alcance de una situación caótica es necesaria a partir de la realidad de mundialización del involucramiento, aunque las resonancias no tengan la misma intensidad para todos.

3. Fracturada en su estadio comunicativo, que es el estadio intersocial por excelencia, y en peligro constante el estadio de transmisión de la verdad, sobreviene la búsqueda del estadio estético de la palabra. No podemos escapar a la significación. El siglo XIX registra cómo para el burgués el arte verbal devolvía verdades, aunque fueran verdades demoledoras para el propio burgués –pensemos en Baudelaire y Rimbaud. El arte verbal se convertía en el “otro” del burgués que, culpable, buscaba en el arte “El holocausto de sí mismo” para decirlo con la bellísima expresión de Carlos Martínez Rivas. El “yo” que busca el estadio estético de la palabra y el “nosotros” comunitario que supuestamente la necesita para ver ahí un también supuesto rastro de verdad, no somos, ninguno, el burgués del siglo XIX. No somos culpables de la perversión lingüística del poder a no ser que seamos sus cómplices o sus aliados. No es mi caso. Pero en esa búsqueda de la palabra en fase estética que nos muestre algo parecido a la verdad topamos con un problema que el siglo XIX en su literatura no consideraba –y hasta entrado el siglo XX no consideró-: la necesidad de comunicación masiva del estadio estético de la palabra que en buena parte del siglo XX desplazó a la esfera de la comunicación social cuando antes le bastaba con la esfera de la comunicación subjetiva. Mallarmé pedía un lector calificado para Un coup de dés. Nosotros, herederos de la masificación mediática del siglo XX, pedimos todos los lectores, obviamente no calificados, para quedarnos finalmente con cinco o seis escuchas. Esta demanda de comunicación estética de la palabra se da porque la palabra estética tiene un valor en sí misma, no depende de una verdad. Y es la verdad la que está en juego. Golpeamos en la puerta que no es. Pero no sé si con la conciencia de que sabemos que no es. La paradoja: el arte importa porque no importa, porque lo que se juega está en otra parte y que ahí, en esa otra parte, el juego es mucho más difícil. Milagrosamente captamos el nivel de verdad de un enunciado estético. Milagrosamente, porque el nivel estético de la palabra no tiene ni el más mínimo compromiso con la verdad –al menos que hablemos de una verdad estética- desde la conquista de la autonomía del arte en el siglo XVIII. La pretensión de esta comunicación estetizada que, por cierto, se lleva también al arte de la palabra entre las patas, es sustituir el vació que sobreviene a la indiferencia –que-sobreviene-a-la-conciencia-de-la mentira de la comunicación intersocial. También el cinismo tiene un límite.

4. En su fase estético-artística la palabra es palabra poética. Creo que, en última instancia, la palabra poética es siempre constructiva. Aun cuando registre, mimetice o “cante” el caos de una situación dada, la propia formulación de la palabra poética como sinónimo de creación es hacia un ordenamiento, no –o no necesariamente- el ordenamiento de valores de un mundo determinado. Estamos lejos de la función comunitaria de la palabra poética como cantora de un orden de cosas de un mundo aunque el horizonte de ese mundo fuera mínimo en su alcance, tribal. Aunque la línea del horizonte de nuestro mundo esté pegada a nuestra nariz la potencia de la palabra poética se encargará de alejarla lo máximo posible. La mente entre intergaláxica y tribal de Mallarmé –de algún lugar tenía que venir el concepto de “aldea global” de McLuhan y de algún lugar tenía que venir el concepto de globalización- comprendía la necesidad de “purificar las palabras de la tribu” en el entendido de una conciencia de la pérdida o del gasto de la significación. Es imposible no gastar en la significación. O es necesario dilapidarla porque el sistema lo capitaliza todo. “El sistema –dice Enrique Falcón- tratará de venderte hasta el más duro ladrillo que le arrojes”. Pero la significación depende del uso. Y el modo de mantener el “sentido intacto” es de tanto en tanto darle un baño de pureza a la significación. El problema es que el sentido al que refiere Mallarmé ya no opera entre nosotros. Cuando en poesía – y ya hace bastante de esto- se insiste en volver a la palabra inicial, a la palabra primordial, al primer momento de la palabra, o a la antepalabra como lúcidamente la llamó José Angel Valente, significa que el horizonte del habla – de habla en general, no de habla poética- está cerrado. Es un habla específica la que diagnostica el estado de habla general. Si el horizonte de vida está cerrado el horizonte de habla está cerrado. Podemos dilatar la conciencia de esta realidad o fingir que estamos en plena posesión de la significación de la palabra. Pero el nexo entre palabra y pensamiento emancipador es un nexo que no se debe romper. En términos sociales, la palabra poética no puede, ni utópicamente, sustituir a la palabra. Cuando se advierte que la palabra poética tiende a ordenar el mundo, a descaotizar el mundo, no se pude deducir de ahí ningún proceso de devolución por medio de la palabra –de ninguna palabra- de un orden de cosas anterior a la situación del caos. El caos es irreversible y vuelve irreversible todo. De ahí el peligro al que se expone un orden del mundo al desestabilizarse o perderse. El sistema saca partido del caos en ese sentido: sabe que, a partir de una puesta en límite de una situación, la necesidad de equilibrio o de un nuevo orden es un verdadero clamor. De ahí que la resistencia al caos obligue a la lucidez, pero sin desesperación, de la conciencia para no caer en una re-acción al caos que se desplace a una reacción en el orden de los valores. Una alternativa al caos implica una revaloración pero hay el peligro de que implique una reacción. De modo que la demanda de una palabra en posición estética no debe perder de vista lo que está sustituyendo. Ahora se busca la palabra poética como punto de fuga de la ausencia de la palabra comunicativa. Y no se trata de eso. Ambas fases de la palabra son mediadoras. Desde el siglo XIX y principios del XX se alerta –Walter Benjamin, entre otros- que el problema es la pérdida de las mediaciones. El arte –todo arte, el de la palabra obviamente- es una forma de mediación –o mejor dicho, era, precisamente hasta el siglo XIX- calificada. Nosotros perdimos esa mediación calificada antes de perder la mediación básica, la de la palabra en su función comunicativa y de intercambio. Tal vez era el aviso de la pérdida que sobrevenía. La pérdida de una intensidad de la palabra poética era tal vez el aviso de la degradación de la palabra. Creo que es necesario, para salir de esta coyuntura, para tratar de impedir que lo que son focos rojos se vuelva una roja homogeneidad –no libertaria, por cierto- o para parar el ímpetu caótico planetario y su contragolpe reactivo autoritario y hegemónico, agudizar la conciencia de nuestras necesidades de mediación. Necesitamos de la palabra en todos sus niveles, en todas sus fases. No es posible ir de desplazamiento en desplazamiento para alejar de nosotros la conciencia de que los que se desplazan son precisamente los desplazados, nosotros mismos.